lunes, 28 de mayo de 2012

silent running

De su paso por la Base Cavor, previo a su estancia marciana, a Lupita le queda la memoria de una llanura fractal, un paisaje gris y plata pixelado por varios miles de gigantescas parabólicas: el complejo LEM, dedicado a filtrar hasta el último bit de potencial información  encriptada en la radiación que a diario abrasa la superficie lunar.

Lupita recuerda el silencio que reina en las instalaciones, la minuciosa actividad de los robots encargados del mantenimiento, la atmósfera monacal propiciada por la misión: discriminar, analizar y traducir posibles señales extrasolares de origen inteligente, elaborar una hipotética respuesta, especular una improbable conversación milenaria a través de las estrellas.



En su espera eterna al borde del abismo azul, en su burbuja de tiempo detenido, Lupita imagina una luna liberada ya de la órbita terrestre, a la deriva en un sistema solar disgregado y muerto, muchos millones de años en el futuro... Imagina a los robots LEM, incansables y silenciosos, vigilantes entre las antenas de plata y hormigón, sus ojos ciegos alzados hacia el pálido resplandor de la galaxia...

lunes, 21 de mayo de 2012

Machen

Lupita pasea por Providence, ciudad solemne y oscura, con un joven y desconfiado Howard Philips. El muchacho le esquiva la mirada y Lupita no sabe bien si la está escuchando siquiera. 

De vuelta al vehículo temporal cantará las cuarenta al resto del equipo: "Hubiera sido mejor enviar a hablar con él a mi madre", dirá: "al menos, a ella la hubiera mirado". 

En el puente, el resto del grupo celebrará la broma: Marinetti, Wells, Cortázar y Lupita, miembros estables de la Liga Cronoilógica, en misión de reclutamiento. En un punto indeterminado del futuro, que quizá es hoy, una pesadilla tentacular y múltiple devora la realidad y se abre paso hacia nuestro presente, que será mañana, o quizá fue ayer.



 "De Robert Howard, entonces, ni hablamos...", la retranca de Julio. "¿Quién nos queda?"

lunes, 14 de mayo de 2012

submarina

El tiempo parece detenerse, el aire se estanca y la vida es eso que transcurre al otro lado de la puerta cerrada con llave. Esos días. Lupita los llama días de batiscafo, una expresión que leyó no recuerda ya ni cuándo ni dónde, pero que a ella se le antoja de color azul. Días en los que siente que ha descendido a los abismos submarinos, mucho más abajo de lo que nunca el capitán Nemo pudo llegar a bordo de su Nautilus. Días en los que puede ver cómo las paredes se comban por la presión, y puede sentir el agua que chorrea de las juntas. Esos días, cuando al otro lado de las ventanas acechan sombras que son todo dientes y gelatina, criaturas lentas y múltiples que nunca han visto la luz del día o el color del cielo.


En esos días submarinos, Lupita hace tiempo que decidió no esperar a que el sonido de unas botas emplomadas le anuncien que el buzo está ahí, que por fin ha llegado el equipo de salvamento. Ahora se obliga a salir de la cama, se obliga a apartar a patadas los peces que boquean en el suelo de la cocina, fuerza la subida a la superficie y se salta, porque así es ella, todos los protocolos de descompresión. Con los puños apretados, respirando hondo.




lunes, 7 de mayo de 2012

nocturno

Lupita sale al balcón cada noche, antes de irse a dormir. Le gusta quedarse ahí unos minutos y mirar el centro comercial de enfrente, con su silueta de nave espacial varada. Mira las ventanas al otro lado de la calle, casi todas iluminadas. Los coches aparcados, los pocos transeúntes que van y vienen con prisa, los dos bares que se disponen ya a cerrar. Hay ruido de vasos, conversaciones en sordina, un lejano rumor de tráfico.

Un gato gordo y sucio trota en diagonal, indolente, y se pierde entre los cubos de basura. Un repartidor de pizza acelera el ciclomotor por dirección prohibida, derrapa al virar a la derecha, continúa, desaparece.



Antes de volver adentro, Lupita mira el cielo oscuro. Solamente se distingue el fulgor acerado de la Estación Espacial, anclada en su órbita geoestacionaria: la primera estrella que se ilumina cada tarde, la última en parpadear cada mañana, como atrapada en la maraña de antenas del centro comercial...La mira y sonríe: esta noche soñará también con viajar a Marte y ascender hasta la cima del volcán Olimpo...

lunes, 30 de abril de 2012

(alambre y hueso)

Lupita artificial, de alambre y cartón, de látex y cristal. Sentada en un rincón, aguarda en silencio a que regrese J. F. Sebastian a darle cuerda, ese impulso espástico que devuelva el movimiento a sus piernas largas y le permita saltar, bailar, caminar. Espera y espera mientras en la calle llueve sin cesar, y el polvo se espesa despacio en su cabellera negra y sobre sus hombros desnudos.



Nadie viene, y mil corazones mecánicos detienen, uno tras otro, su tic-tac. Dejan, uno tras otro, de latir.


Queda el rumor de la lluvia y del tráfico. Nada más.

lunes, 23 de abril de 2012

invisible

Descubrió que le gustaban las otras chicas cuando todavía no tenía que llevar sostén, y se sintió rara como un ciempiés. Rara, frágil y muy fea. Durante mucho tiempo se escondió de sí misma, miró para otro lado, jugó a ser otra. Se hizo invisible.

Cuando conoció a Lupita se mordía las uñas hasta la raíz y vestía como un deshollinador. Fueron meses vertiginosos, cada mañana venía con una avalancha de dudas y cada noche se iba a dormir con un incendio en la garganta. Rió y lloró como nunca había hecho, gozó de cada minuto del día y de cada centímetro de su piel. Cambió, creció: un año después, cuando Lupita se marchó, nadie la hubiera reconocido de cruzarse con ella por la calle...






Hoy no es ya invisible: viste de rojo, de naranja y de blanco, y brilla como un relámpago. Se ha cortado el pelo muy corto y camina siempre por la acera de sol. Y no ha vuelto a esconder la mirada... Ya no.


lunes, 16 de abril de 2012

a veces pasa

Siempre le pareció el colmo de lo cursi eso de ser la chica del bajo o, peor aún, la de los teclados. Lupita, desde que de pequeña vio esa película con Tom Hanks y Liv Tyler, quiso siempre tocar la batería, y se pasó la adolescencia aporreando botes de detergente en polvo y tambores de juguete y rodeada de atildados chavales que parecían preocuparse más por combinar los colores y tener la actitud adecuada que por seguir el compás.

Le costó mucho sudar en el local de ensayo y muchas peleas cuajar una formación estable y con carisma, y le costó muchas horas extra reunir el dinero para prensar un vinilo de color naranja y portada azul, con seis canciones burbujeantes y que se tituló como la banda: Lupita y los centauros

Vendieron exactamente 603 copias, sonaron en las radios adecuadas, tocaron en un puñado de salas con media entrada y telonearon en un par de ocasiones a Cooper, que no está nada mal. 


Se disolvieron porque sí: a veces pasa. 



Hoy, Lupita guarda en casa su batería y 1397 copias del disco. Todavía ensaya una o dos veces por semana, y escribe canciones que seguramente no va a escuchar nadie. Dejó de fumar y está pensando en comprarse una vespa...

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Guiones y reseñas de historieta, un libro sobre Alan Moore, prólogos. El guión, a pachas, de La momia sin ojos, álbum editado en Francia y España. Y cien proyectos en marcha, más o menos.

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