lunes, 11 de enero de 2016

huir

Ha dejado las maletas sin abrir en el recibidor, y camina por la casa sin pensar en nada y casi a ciegas. Va subiendo persianas y abriendo ventanas: el aire estancado huele a abandono.

Se marchó, casi huyó, con los veintiuno recién cumplidos, el pelo teñido de rojo y un macuto lleno de libros y camisetas negras. Hoy se dobla la edad y regresa a tiempo para recoger los restos del naufragio, ordenar un puñado de recuerdos y poner en venta esta casa que recordaba más grande y más oscura.



Los azulejos de la cocina amarillean y ya no hay plantas en el balcón. Lupita se sienta en la que fue su cama, que también recordaba más grande. Despacio, como en un ritual japonés, lía un cigarrillo y lo enciende, lo fuma en silencio, recuerda otros cigarrillos a escondidas, en penumbra.

No va a dormir aquí. Ni va a volver más, después de hoy. Hará el papeleo y se marchará como se marchó entonces, con la sensación de quien escapa. 

Como entonces, buscará el mar.

lunes, 4 de enero de 2016

no me acostumbro

Es que no me acostumbro, Lupita. 

Mira, ayer mismo. Bajé a comprar no sé qué, y justo enfrente de casa encontré un tiesto chiquitín con una planta mustia que alguien había dejado sobre el contenedor de basura. La típica de navidad, ya sabes. Ni lo pensé: me lo traje de vuelta, pulvericé las hojas con un poco de agua y lo dejé dentro, a ver cómo pasaba la noche.

Y esta mañana, al levantarme, lo primero que he pensado es llamarte para contártelo y que me digas cómo hacer para que no se termine de morir, y me he dado cuenta de golpe: no puede ser. Ahora no. Ya no. 

Y me he tomado el café sin ganas, y me he pasado luego un buen rato en el balcón mirando a la gente ir y venir y pensando en ti.



No me acostumbro a que no estés, Lupita. Abro el correo cada mañana esperando que haya un mail tuyo, repaso las noticias de ciencia para ver si tu expedición ha dado señales de vida, me paso las noches en vela mirando el cielo, imaginando que, estés donde estés, tú haces lo mismo, y que das media vuelta y pones proa a la Tierra, a casa. Pero cada mañana sale el sol y no hay noticias tuyas, y a mí me cuesta cada vez más estar sin ti.

lunes, 28 de diciembre de 2015

el mirador

En una habitación grande y, hoy, desolada. Frente a un ventanal en cinemascope. Es una silla. Una simple silla con muchos años encima. De las de diseño elegante y confortable que no se hacen ya, de madera desgastada.

Y es el punto exacto.

Hay un momento cada mañana, y hay un momento cada atardecer, en que luz y líneas de fuga confluyen en un paisaje como no se da en ningún otro momento y lugar de ninguna otra ciudad.



La habitación ha sido salón de un burdel de lujo y ha sido estudio de arquitectura, restaurante secreto, sastrería de teatro. Y siempre, a lo largo de los años, la silla ha estado en su sitio, el punto exacto. Nadie la ha orientado en otra dirección, nadie la ha movido ni un centímetro.

Y siempre alguien se ha encargado de atender a los escasos visitantes interesados en las vistas.

Lupita la descubrió muy joven, de la mano de su padre, y hoy todavía vuelve, puntual, una vez al año. Fuma un cigarrillo sin apartar los ojos del ventanal y después se marcha, en silencio. 

Hasta el año siguiente.

lunes, 21 de diciembre de 2015

cherry red

Ha pasado el tiempo y ya toca vaciar los armarios, seleccionar qué se tira y qué se hace con lo que no: las horas se van en pasear por la casa entre los recuerdos que acechan en cada rincón.

En el altillo de la que fue su habitación, Lupita ha encontrado en una caja un vaquero desgastado que no podría ponerse hoy sin reventar las costuras, y ha encontrado unas fotos desenfocadas de su primer viaje a Londres, y un puñadito de púas de guitarra, y una camiseta casi andrajosa de Kortatu. Y se ha quedado un buen rato ahí sentada, mirándolo todo con una media sonrisa congelada en los labios, entre el vértigo y la ternura.



Y lo ha decidido de golpe: de este año no pasa que se compre unas doctor martens de color rojo, se lo debe a esa chavala de pelo mal cortado que la mira desde las fotos, con su boca grande y sus ojos de mapache. Las que no pudo traerse de su primer viaje a Londres, porque el dinero era el que era y había tantos discos que comprar. Las que nunca se animó luego a regalarse, porque había siempre otras cosas, y lo primero es lo primero. 

Porque ya es hora.

Seguidores